
Es una pregunta que me hago bastante a menudo y la verdad es que nunca dejo de sorprenderme. Es curioso, cómo hoy escribes unas líneas en las que una escena toma forma y los personajes se enfrascan en una discusión; o una palabra de uno de ellos desencadena una explosión de sentimientos, antes desconocidos; o ése suceso que da una vuelta de tuerca a la historia… Cualquier hecho que desencadena el comienzo de nuevas tramas o que propicia el desenlace de la historia, da igual. Es caso es que luego sigues escribiendo, terminas la historia y la dejas reposar durante un tiempo, como a un buen guiso. Pasan los días, llegas a varias semanas, y decides que vas a releerla. Y, ¿qué es lo que ocurre? Pues que hay partes de la historia que no reconoces. Incluso algunos de los diálogos los encuentras “casi geniales.” ¡Vamos!, que los personajes parecen haber cobrado vida propia. Son ellos mismos los que desarrollan la historia, y en un momento de modestia exagerada piensas que eso no puedes haberlo escrito tú. Luego, hay otras partes de la historia que te preguntas que en qué estarías pensado cuando escribiste semejantes tonterías. Encuentras situaciones que sabes que puedes desarrollar más, cambios de personalidad demasiado acusados y empiezas a borrar y reescribir como una loca. Pero claro, eso es lo normal. Una pretende perfeccionar lo imperfecto, una y otra vez, hasta que algunos fragmentos cambian totalmente la obra, pero eso da igual. Lo que te llama la atención son esas pequeños momentos que te dan sensación de creador, literalmente. Tienes en tu mano la oportunidad de hacer felices a unos personajes, no sin hacerles pasar algunas penurias y poniendo algunos escollos en sus vidas. Disfrutas cuando ellos se ríen, lloras cuando ellos son desgraciados, sientes su miedo cuando el terror se apodera de sus vidas y gozas cuando su amor es tan grande que eres capaz de sentir las caricias que ambos se prodigan. Por eso, cuando terminas la novela y sabes que la historia está a punto de terminar, comienzas a sentir una extraña sensación de duelo. Es como cuando sabes que ya está llegando lo inminente y aunque estás orgullosa de tu nueva “creación”, la cual seguirás reescribiendo mil veces más, no puedes evitar sentir cierta nostalgia precipitada. Es como cuando sabes que alguien se va a marchar o que ya no volverás a algún sitio durante mucho tiempo. Y tratas de alargarla un folio más, buscas un epílogo y cuando ves la palabra “Fin” entonces ya no hay vuelta atrás.
Pero siempre queda volver a leerla dentro de unos meses…
Por eso, aunque sigas preguntándote a menudo si eres tú o tus dedos quienes manejan el teclado y ordenan sus pensamientos, ¿qué más da? Si el final es el mismo. Y si consigue sorprenderte a ti mismo, ¿qué más quieres?